La bandeja del MacDonald´s

Hace mucho tiempo que quiero escribir esta opinión, la tengo dando vueltas en la cabeza desde hace meses pero no sabía como enfocarla. Me di cuenta que no era un tema de enfoque si no más bien un tema de estado de ánimo, estar melancólico sin estar deprimido, positivo sin estar optimista.

Se trata de expresar mi opinión acerca de porqué creo que el Perú no va a salir nunca del tercemundismo que lo aqueja como un cáncer, o si va a salir va a ser con mucho más esfuerzo, y mucho más tiempo, de las proyecciones que hay hoy sobre la mesa.

Se dice que si el Perú continúa al ritmo de crecimiento sostenido que ha venido experimentando en la última década, en 15 años más es un país del primer mundo. Que el PBI per cápita va a llegar a niveles de país industrializado, que la pobreza se va a reducir a menos del 10%, que el acceso a educación y salud va a ser de corte mundial. Yo no tengo ningún argumento para pensar que eso no va a ser cierto, pero a mi lo que me preocupa es el ADN del peruano. Es terrible y no tiene la materia prima para permitirnos salir de la mediocridad en la que nos manejamos.

El título de este post se me ocurrió un día en el MacDonald´s. Veía como cuando las personas que terminan de comer su hamburguesa no llevan la fuente usada al basurero una vez terminada la comida, haya o no gente esperando la mesa. Consideran que es trabajo del personal de limpieza y al haber pagado por el servicio no lo van a hacer. No se les ocurre pensar que un gesto tan pequeño puede aliviar el duro y pésimamente recompensado trabajo de alguien, o inclusive ofrecer un gesto desinteresado positivo para quien espera el sitio.

El ADN del peruano se puede describir como muchas cosas positivas, sin duda, pero un adjetivo negativo es preponderante y será el ancla que cargaremos siempre: somos egoístas. Sólo pensamos en nosotros mismos y ocasionalmente en los muy cercanos a nosotros, pero ni un poquito más allá. No tenemos absolutamente ningún sentido de comunidad, de pertenencia a un grupo más grande, de que los demás también tienen derechos y que limitan los nuestros.

Ejemplos hay miles, pero antes de considerarlos me falta decir que a todo nivel socioeconómico, educativo y profesional uno ve esto, sin distinción, y, a pesar que por ahí y por allá uno puede ver gestos desinteresados de personas, son la excepción, y ahí radica el problema.

Vamos con algunas muestras de lo que trato de decir. Hace poco un amigo me contó la historia que su departamento no puede recibir el permiso final de la municipalidad para inscripción en registros públicos (indispensable para vender la propiedad) porque en un piso del edificio los planos no coinciden con la construcción real. Qué pasó? El dueño de un de los departamentos decidió botar una pared y correrla unos metros para ganarle espacio al lobby de salida del ascensor sin avisarle a nadie y con un albañil propio, ni la constructora sabía. Más allá de que lo que hizo es vergonzoso, ahora nadie puede inscribir su departamento para venderlo y los intentos de convencer a esta persona de que regrese su departamento a sus condiciones de compra han sido inútiles. No le da la gana.

Me contaba la señora que trabaja en mi casa desde hace 35 años que hace unas semanas ella, que tiene 60, y otra señora un poco mayor se tropezaron bajandose del bus. Ambas aterrizaron en el piso y nadie de las al menos diez personas que estaban en el paradero las ayudo a pararse. Todas estaban muy preocupadas por subirse al bus primero, pasando literalmente por encima de ellas para entrar. Yo primero reinó.

La gente en Europa, Canada o Estados Unidos entiende que si yo respeto las normas (tanto las leyes escritas en códigos penales y civiles como sencillos carteles en lugares públicos) y los demás respetan las normas, las cosas van a funcionar. Parte de la base que tú sí vas a cumplir, por eso yo cumplo. Y cuando alguien no lo hace, es sujeto al ridículo, y nadie piensa que está bien. Es decir, son la excepción. Pero porque ir tan lejos. En Argentina y Chile se ven comportamientos igual de desinteresados. Entienden la necesidad y la ventaja de compartir.

En el Perú se premia al “pendejo”. Un término que carga una connotación positiva y negativa a la vez, dependiendo del contexto, una especie de admiración y repudio en paralelo. Acá significa alguien que dobla y rompe las reglas sin hacer verdadero daño, siempre con la intención de obtener alguna ganancia personal. Pendejo es el que se mete a las fiestas sin ser invitado o pagar (historias que cuentan los adolescentes y son addmirados por eso). Pendejo es el que no hace cola porque se metió sin que otros vieran. Pendejo es el que se estaciona en un lugar de discapacitados porque solo va a estar ahi 10 minutos. El pendejo es un serio problema en la sociedad peruana y la razón más importante por la que nunca saldremos del tercermundismo. Jamás.

Más preocupante sin embargo es que considero que la gente en este país no hace las cosas por pendejos en muchos casos, lo hace porque inherentemente siente que tiene el derecho para hacerlo y no tienen el mecanismo en la cabeza que te hace cuestionarte, así sea de manera subconsciente, si tus acciones pueden tener una repercusión negativa en otros. Me pasa con frecuencia en el nido de mi hijo. Un lugar en una zona muy elegante, donde todos llegan en carros buenos y los estacionan donde quieren. Atracan a otros carros de otros padres del nido, algo inevitable dada la manera en que las cosas están diseñadas, pero no se apuran en salir, no hay un mínimo sentido de urgencia por solucionar la situación que potencialmente incomoda a otra persona. Hasta ponen caras de molestia cuando el encargado les hace saber que hay alguien esperando. Hoy una persona se estacionó frente al garaje de un edificio habiendo un estacionamiento a 15 metros, literalmente. Pero ella no iba a caminar. Que se jodan los demás.

Regresando a la duda del párrafo anterior, me he preguntado en muchas ocasiones si hay una conciencia de que están haciendo algo egoísta y eligen ignorarlo, como alguien que se estaciona en un parqueo de discapacitados, o es que realmente no lo consideran. O sea, no vieron el cartel. Y creo que es lo primero. Cuando uno va al Club Regatas la gente adentro maneja a la velocidad máxima, para cuando alguien quiere cruzar la calle, espera paciente la salida de un carro para que otro se estacione, sin bloquearlo o tocando la bocina. Cuando salen del club, no han pasado 50 metros de la reja de entrada, y aceleran a toda velocidad, le tocan la bocina al personaje que quiere cruzar y pierde toda semblanza de tolerancia que demostró treinta segundos antes.

Un último ejemplo, muy similar al anterior en un contexto diferente. Tomamos un bus de Arica (ciudad chilena limítrofe con Perú) para cruzar la frontera y llegar a Tacna. El conductor, mientras estaba en Chile, paró en todos los signos “Pare”, respetó la velocidad máxima y no tocó la bocina una sola vez. De regreso en el Perú, ni siquiera dejó de acelerar llegando al primer “Pare”. Temor a la sanción? Puede ser, aunque no nos cruzamos con un solo policía, de ningún país, en algún punto de la carretera excepto el control fronterizo.

No se trata exclusivamente de una falta de sanción, como muchos opinan, aunque sin duda es un factor importante. Si tenemos a una policía nacional corrupta pero que además está atada de manos con un sistema de leyes y un poder judicial aun peores, lo cual hace que nadie la respeta, qué pretendemos. Pero soy un fiel convencido que en países industrializados no es temor al castigo lo que hace que la mayoría de la gente actúe preocupada de los demás, si no un sentido mucho más evolucionado de vida en comunidad.

Si no es sanción, será educación? Sin duda, pero no la que uno recibe en el colegio si no la que recibe en la casa. Y esa no está ni remotamente preparada para dar las lecciones que debe dar a sus hijos. Porque confundimos criar ganadores con criar pendejos, recompensamos al “tramposo light” siempre y cuando se salga con la suya y no nos damos cuenta que perpetuamos una sociedad que no tiene los fundamentos, ni el derecho en este sentido, de evolucionar.

Hasta que no aprendamos (y vivamos) que hay actuar pensando en los demás, de verdad, así esto nos genere algo de incomodidad, no estaremos preparados para pasar al siguiente nivel de vida en sociedad, requisito indispensable para ser considerados “país desarrollado”.