Estafando millonarios

Vivimos en un mundo que da un valor desproporcionado a lo raro o único.  A muchos les quita el sueño (y mucho dinero) ir a cenar en restaurantes ultra-exclusivos, tener un McLaren MP4-12C (hoy vi uno en la calle) o tomar un vino de $1,000 la botella.

Aquí hay un par de historias que me gustaron.  Ambas muestran ese extraño deseo que tenemos de pagar grandes cantidades por productos o experiencias “mejores”.  Entre comillas porque por definición, esas experiencias  son sólo marginalmente superiores a lo que se puede conseguir con mucho menos dinero.  La cuestión no es si vale o no la pena gastar fortunas en alcanzar ese incremento marginal en calidad.  Para la mayoría de la gente, es más bien un tema de escoger en qué gastar.  Unos prefieren relojes o zapatos, otros comida o vinos pero casi todo el mundo tiene un tema donde su comportamiento como consumidor es poco racional.  La cosa se pone interesante cuando aparecen personajes dispuestos a satisfacer esa demanda tomando atajos.

La primera historia es sobre Rudy Kurniawan, un joven coleccionista y, poco más tarde, falsificador de grandes vinos.  La estafa que montó es difícil de creer dado el poco tiempo en el que pasó de ser un desconocedor a quitarle millones a snobs y a más de un sabio.  Dentro de todo, se entiende hasta cierto punto dada imposibilidad de verificar en un 100% lo que a uno le venden, aún después de haber abierto la botella.

La segunda es sobre Dietmar Machold, tal vez el más grande vendedor de Stradivarius a nivel mundial.  Aristócrata y millonario (que no siempre van de la mano), tiró por la borda un negocio de cinco generaciones quién sabe si como consecuencia de una desmedida presión por parte de sus bancos acreedores.

Ambos casos tienen en común lo encantadores y persuasivos de los autores.  Alguien más recuerda a un tal Madoff?