La guerra contra los jóvenes

Me parece estar oyendo a mi mamá decirme que no nos iba a dejar más herencia que un título universitario.  Tal como se lo dijo mi abuelo a ella…

Tengo tiempo pensando en los mismos términos que este buen artículo del Esquire.  El esquema que sigue buena parte del primer mundo aún después de la gran recesión implica que los Estados siguen aumentando sus deudas de manera descontrolada, esperando que vengan tiempos mejores y en un futuro indeterminado las paguemos.

Mientras muchos jóvenes hipotecan su futuro a cambio de empleos que pagan muy poco, los baby-boomers se preocupan por lograr un retiro placentero y asegurado cortesía del Estado.  La fórmula es doblemente perversa.  Los jóvenes toman deudas personales y nacionales.  Los viejos ni toman deudas propias (ellos ya estudiaron en tiempos donde no costaba un ojo de la cara ir a la Universidad) y para cuando haya que pagar las deudas externas ya estarán bien muertos.  Un par de buenas citas:

“This isn’t conservatism: It’s a going-out-of-business sale for the Baby Boom generation.” The economic motive is growing ever more naked, and has nothing to do with any principle that could be articulated by Goldwater or Reagan, or indeed with any principle at all. The political imperative is to preserve the economic cloak of unreality that the Boomers have wrapped themselves in.

[…]

This is no conspiracy; no nefarious backroom deal by political and corporate overlords. The impasse of the moment is, tragically, the result of the best aspects of the Boomers’ spirit. The native optimism that emerged out of the explosively creative postwar world led them to believe that growth would go on forever; that peace and prosperity were the natural state of things. Their good intentions seem like willful naivete today, but the intentions were genuine.

No digo que este sea el único problema, pero el optimismo de los viejos se refleja en varios ámbitos:  durante años se les ha dicho a los jóvenes que si estudian en la universidad tendrán el futuro asegurado.  La promesa funciona casi como una fórmula mágica:  título = trabajo.  La terca economía se ha encargado de enseñar a muchos que las cosas no son tan fáciles.  Que estudiar para marionetero no garantiza más que un ticket de vuelta a la casa de los padres al graduarse.  De manera menos dramática, innumerables jóvenes se han dedicado a carreras que si bien son tradicionales presentan perspectivas de empleo bastante limitadas.

Todos hemos oído suficientes historias de pasantes y nimileuristas.  La mayoría, al menos en teoría porque no todos pueden ejercer, buenos abogados, sociólogos, psicólogos, historiadores, etc.  Hemos también oído historias de cuarentones todavía viviendo con los padres y de cuatro generaciones arreglándoselas bajo un mismo techo.  Ojo, no tengo nada en contra de estas carreras, pero estoy seguro que si muchos hubiesen tenido visibilidad sobre sus posibilidades reales de conseguir trabajo al graduarse, seguro se lo habrían pensado dos veces antes de irse por esos caminos.  Era simplemente cuestión de oferta y demanda.

Por supuesto que no sólo los humanistas y los ingenieros nucleares se enfrentan todos los días a mercados de trabajo muy limitados.  La crisis de empleo afecta a todos aunque de maneras distintas.  El punto es que no importa si eres ingeniero, administrador o médico, hace rato que título = pasar trabajo.